jueves, 21 de abril de 2011

Xenófobo-fobia

Los principios de la UE son su final

Europa avanza peligrosamente por el camino de la xenofobia. El odio al extranjero, al diferente, se extiende por Europa de punta a punta, de extremo a extremo, de extremista a extremista.

La ultraderecha finlandesa asciende[1] hasta convertirse en la tercera fuerza política, de la mano del partido “Auténticos Finlandeses”, nombre que ya implica un menosprecio al resto de los finlandeses, a quienes no deben considerar auténticos, lo que no es otra cosa que una semilla de odio.

En Hungría las cosas no son así, son peores. En las legislativas de hace un año, el partido fascista Jobbik consiguió el 17% de los votos y se convirtió con ello en la tercera fuerza política del país. Sus votos han contribuido a la aprobación de una constitución ultraderechista que recorta derechos y libertades de los ciudadanos en general y de las minorías étnicas en particular; a las que Jobbik ya persigue, acosa y amenaza de muerte a través de sus violentas milicias[2].

Por su parte, Berlusconi, ese histrión circense que nunca ha divertido a nadie decente, está empeñado en despachar a todo inmigrante[3] que llega a las costas italianas procedente del norte de África, ya devolviéndolo por donde ha venido, ya haciéndole seguir camino para el norte. Pero sus vecinos del norte tampoco los quieren: en Francia la policía realiza controles ilegales en la frontera y en Austria ya advierten que controlarán a aquellas personas que provengan de Italia, especialmente a las que no puedan garantizarse su propio sustento[4].

La igualdad y la libre circulación de personas dentro de la UE marcan sus principios pero también sus límites posibles, su frontera de crecimiento social y humano.

Algo me dice que la definición de xenófobo no es en la práctica la misma que establece el diccionario, que dice: “Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros”. En la práctica no es lo mismo un libio que huye hacia Italia, donde es considerado en el mejor de los casos como un estorbo insoportable, que ese mismo libio cargado de dinero para comprar armas, a este no se le odia, ni se le mira como extranjero sino como cliente. Al igual que ocurre con un italiano, pongamos Berlusconi, cuando en viaje internacional se convierte inmediatamente en extranjero, nadie se plantea ni por un momento odiarle por que sea extranjero, precisamente por eso no creo que sea.

Puede que solo sean impresiones mías, pero parece claro que, en la mayoría de las ocasiones, se encubre bajo la apariencia de xenofobia, el verdadero odio subyacente, que no es otro que el odio al pobre, lo que vendría a ser la “pobrefobia”. Tengo que reconocer que, se aplique al odio que se aplique la palabra “xenofobia”, tengo xenófobo-fobia.


Fuente: impresiones mias

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