martes, 6 de septiembre de 2011

Promesas

Abro los ojos, contemplo la oscuridad,
mientras mi cuerpo rechaza las sábanas
y los párpados me queman con intensidad,
destacando entre los glaciarescos suspiros

que huyen con fuerza, lejos de su ciudad
convirtiendo mis labios en un corte vacío,
que imitan a las sombras de la vencidad
propias del más funesto Camposanto.

Y es que, desde cándida edad,
me han iluminado los sueños, planes y deseos,
trazándose en mi mente esperanzas de calidad
salpicadas de azúcar, chispas y rosas,

pero la espera las cargó de electricidad
y ahora, incineradas, descansan en una botella
teñida de negro por mis lágrimas de agresividad,
cuya única huella, ahora, es el polvo de mi risa.

Me levanto, con escasa agilidad
y en la fría noche, invoco a Dione
para que acompañe a mis heridas sin maldad
y evite así, mi descenso a una viva necrópolis,

pues mi alimento, ahora, carece de finalidad
todo está roto, comenzando así mi fin,
con un alma cansada y, fracaso, en verdad,
me agoté de luchar y de esperar a la luz.

Dione, entonces, me promete su amistad
y automáticamente riega mis venas con vida,
su palabra aprieta, ¡enjaula fidelidad!
las promesas me aplauden y abofetean así.

¿Sólo queda eso, promesas e inexprisividad?
Un camino alterno, las promesas, con claves de Sol,
que limpian mis pelusas y enfrían mi mentalidad...
Fue así, como ESAS promesas, adquirieron mi control.



ALBA LOBERA VALLEJO
 
 

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