miércoles, 9 de noviembre de 2011

Italia se enfrenta al vacío

 
 
 


La presión de los mercados y de los socios europeos puede que haya surtido finalmente efecto para vencer la desesperada y cara resistencia de Berlusconi. Pero su marcha no basta para resolver la falta de credibilidad de Italia, ni su profunda crisis sociopolítica.
 


Es improbable que el mundo haya estado nunca tan pendiente de Italia como lo estuvo ayer, 8 de noviembre. Y no hablamos de la atención amable reservada a una nación interesante, poco conocida por respetar la ley pero admirada, sin embargo, por su inventiva, su flexibilidad, por no mencionar su maravilloso paisaje y sus museos. No, en esta ocasión era una despiadada y hostil atención prestada por quienes consideran que Italia pone en riesgo a cuanto la rodea, que saben que lo que está pasando hoy en Italia puede tener repercusiones inmediatas sobre la gobernanza mundial del futuro, así como sobre la suya propia.
Esta atención se la han prestado quienes tras haber visto el abismo griego creen que si Italia sigue un destino similar la situación sería infinitamente mucho peor, un acontecimiento que acarrearía la ruina a los ya precarios balances globales. Si Italia se deshace, Francia podría ser la siguiente – una Francia que ayer, no por azar, modificó sus propios planes de austeridad, aumentando el IVA. Tras Francia, hasta los Estados Unidos podrían caer a continuación.

 

 

El "final de la partida"


Los mercados creen que Italia puede ser la que marque la diferencia entre el colapso económico global y la recuperación. Bajo estas circunstancias, los analistas extranjeros ya no ven al primer ministro Silvio Berlusconi como a un personaje excéntrico que de vez en cuando realiza embarazosos comentarios.
Ya no es simplemente un vecino con el que los jefes de Estado y de Gobierno se han mostrado reticentes a ser fotografiados en los últimos años. En su lugar se ha convertido en una fuente, si no “la” fuente, de todo riesgo, una bala perdida en el fragor de la batalla representada por una crisis global cada vez mayor.
Observe medios como Reuters y The New York Times: ambos se han preguntado en voz alta si éste es el “final de la partida” italiana; revise el Wall Street Journal y el Financial Times: ambos han mostrado las dimensiones estereotipadas de la imagen italiana y lo poco que el mundo realmente conoce acerca del eslabón repentinamente débil de la cadena global.
Mientras el resto del mundo se plantea dudas muy serias, el primer ministro italiano, en lugar de ocuparse de los asuntos de Estado, se encuentra en su mansión de Arcore [Lombardía, Italia] con sus hijos y Fedele Confalonieri, el presidente de Mediaset y el hombre que se sienta en las juntas de administración de los principales holdings familiares de Berlusconi.

 

 

La oposición incapaz de articular posiciones lúcidas


Esta reunión tiene lugar mientras las bolsas celebran prematuramente una dimisión en ciernes, que algunos apuntan tendrá lugar en las próximas horas. A la reunión con la familia, le sigue otra con la Liga Norte, quizá en relación a las “reformas” (el aliado de Berlusconi Umberto Bossi es el ministro encargado de las reformas del país), reformas que el resto del mundo concibe de manera bien diferente a como lo hacemos los italianos, muchos de los que, incluyendo la oposición, esperan que únicamente puedan llevarse a cabo verbalmente y no en la práctica. Una vez acabada esa reunión, Berlusconi regresa a Roma, para volver a ser primer ministro (cargo que todavía ostenta).
La gestión de los intereses personales de Silvio Berlusconi contrasta directamente con la gestión de los problemas de Europa y con aquellos de la economía global. Quizá siempre haya sido así y simplemente el mundo no se había dado cuenta, como tampoco lo hicieron muchos italianos. Italia se encuentra entre dos planes de gestión, el personal y el global.
Se trata de una Italia obligada a someterse a las políticas y al control financiero dictados por los mercados globales porque no puede pagar sus deudas. El resto del mundo está sumamente interesado en los programas, independientemente de los gobiernos. El mundo político italiano está sumamente interesado en el gobierno, independientemente de los programas.
Como consecuencia, Italia se encuentra en una especie de vacío; un vacío político hasta ahora representado con una dimisión/no dimisión del primer ministro y una oposición incapaz de articular posiciones lúcidas. Tristemente, y ésta es la parte más preocupante, Italia también parece estar aparentemente vacía cuando se trata de capital humano.

 

 

La pérdida de prestigio y de credibilidad de Italia


Según datos recientes del Banco de Italia, casi uno de cada cuatro jóvenes – más de dos millones en total – con edades comprendidas entre 15 y 29 años no está trabajando ni se está formando. Aún así el país necesita desesperadamente tanto a quienes trabajan como a quienes estudian. 
Ése es el vacío en el que Italia puede caer. Y resulta muy costoso. Aunque es difícil, es posible calcular bajo estas circunstancias cuánto le cuesta al Tesoro italiano cada día extra del mandato de Berlusconi. Los costes se basan en las condiciones de las tasas de interés de la deuda italiana pendiente que está siendo refinanciada con tasas cada vez más altas, tanto que los beneficios amortizados que ha conllevado la decisión de Italia de aumentar el IVA ya han sido devorados por impuestos más altos.
Para financiar bonos italianos antes que alemanes, la medida de hoy es de 500 puntos básicos, un cinco por ciento más alto que el actual tipo de interés, y una especie de “premio a la inversa” para compensar el riesgo que entraña. También existen otros costes menos evidentes, incluyendo la pérdida de prestigio de Italia y su credibilidad dentro del mundo financiero. Se trata de un precio bien conocido por los hombres de negocios y cuya dimensión completa el país está únicamente empezando a entender. 
Éste es el vacío al que Italia tiene que hacer frente. Todos los éxitos del pasado, bien sea en mercados internacionales o en términos de peso político en el seno de la Unión Europea, así como el derecho “adquirido” por los trabajadores y los pensionistas, parecen haber sido engullidos por un barranco del que Italia sólo podrá salir con un cambio de Ejecutivo.
Pero el error más grave es el de las falsas ilusiones de que tal cambio sea por sí mismo suficiente o represente una milagrosa pócima curalotodo. Si todo va bien, encontraremos algunos prometedores recodos en el largo y duro camino.

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